El oficio de la
representación
Mauricio Arturo Zavaleta Siri
Luego
de que un diario mostrase las faltas ortográficas de la entonces congresista
Hilaria Supa al escribiren español en abril del 2009 – esperables en cualquier
persona que no escribe en su lengua materna – se alzaron varias voces pidiendo
la implementación de mayores requisitos educativos para acceder al congreso.
Estas demandas sostenían que una persona con bajos niveles educativos no
tendría la capacidad para realizar una buena gestión en el Congreso, por lo
cual era necesario pedir a los candidatos contar con educación superior, lo
cual solucionaría en gran parte el problema de la gestión parlamentaria. Fuera
del carácter excluyente de la propuesta – en la cual un grupo considerable de
peruanos iba a poder elegir pero no ser elegido – ésta parte de una premisa
incorrecta. Desde hace no pocas legislaturas el congreso ha mostrado un alto
nivel en términos académicos. En el congreso que se fue hace unos meses –acaso
el más criticado de nuestra historia reciente – el 81% de los congresistas
contaban con un título profesional. No es cierto entonces, que a mayor
educación de los congresistas, mejor desempeño parlamentario. La razón radica
en que el congreso no es un organismo técnico, sino una institución política.
El espíritu de la asamblea nacional –a la francesa - se fundamenta en la reunión
de representantes de la ciudadanía, los cuales canalicen las demandas sociales
y las conviertan en leyes del estado. En ese sentido, antes que legislar, el
congreso tiene que representar, y hacerlo es un oficio difícil, que requiere
experiencia. Mientras nuestro congreso ha ganado profesionales, ha perdido
legisladores experimentados.
En
1995 – el primer congreso electo bajo la constitución vigente – fueron
reelectos el 33% de los parlamentarios, 30% en las elecciones del 2000, 33% en
las del 2001, tan solo 18% en las del 2006, y finalmente, en este nuevo congreso
han sido reelectos el 32% de los congresistas. Esta pobre tasa de reelección
parlamentaria –entre las más bajas de la región- impide el establecimiento de pautas
de conducta entre los propios miembros del congreso. Sin experiencia
parlamentaria, los patrones de funcionamiento y coordinación que se tienen
entre los congresistas serán difícilmente institucionalizados, generando
deficiencias en el momento de tomar decisiones y acuerdos. No obstante, el
problema principal respecta menos a la calidad de las leyes que a la calidad de
la representación en sí misma, ya que tan altos niveles de renovación dificulta
la constitución de vínculos estables entre políticos y electores. Este tipo de
vínculos no se generan de forma inmediata y son producto de años de labor
política desde el Parlamento, pero los cuales son difíciles de tener en medio
de escándalos y promesas electorales incumplidas, muchas de ellas por ser
incompatibles con las funciones parlamentarias. Esto es más preocupante aún
cuando constatamos que no solamente existen muy pocos congresistas reelectos,
sino que muchos de ellos han entrado al congreso sin experiencia política
previa: en el congreso actual cerca del 50% de los parlamentarios son nuevos en
política, lo que significa que no cuentan con la experiencia de negociación y
concertación que demanda la labor congresal; artes que no se aprenden en el
abrir y cerrar de ojos de un periodo legislativo. Este fenómeno de renovación
constante empezó a inicios de los noventa, y se encuentra fuertemente ligado al
desprestigio de los partidos políticos. Como ha apuntado Rodrigo Barrenechea,
aunque cada cinco años inauguramos un parlamento amateur, la percepción
ciudadana es de congresistas enquistados en sus curules desde hace décadas.
Esto se debe a que luego de la redemocratización, las élites partidarias no han
sido capaces de recobrar legitimidad, proceso en el cual estas mismas son
enteramente responsables. En ese sentido, el papel que cumplen los partidos
políticos es fundamental, y su fortalecimiento es un asunto mayor para que el
congreso pueda despegar del último lugar de tabla de la confianza en las
instituciones políticas.
En
democracia, son los partidos los encargados de generar cuadros con experiencia
partidaria, que cuenten en su haber con trabajo con bases sociales, que
conozcan el oficio de ganar y perder elecciones y sean capaces de mantener
relaciones constantes con los ciudadanos. En pocas palabras, son tipos
entrenados para asumir cargos de elección popular, los cuales saben
hacer
política. Tal vez, lo que ha estado más ausente del congreso en los últimos
años sea la política misma, lo que ha generado que los “come pollo”,“lava pies”
y “mataperros” concentren la atención mediática. Todos éstos con títulos
universitarios pero pobre experiencia política. Creo que no le faltaba razón a
Weber cuando afirmaba que sin partidos que guíen la conducta de los políticos
en base a agendas establecidas, los congresos tienen el riesgo de convertirse
en meros mercados de intereses individuales. Por esta razón, creo que la tarea
fundamental de quienes buscan fortalecer el congreso debe priorizar a los
partidos políticos, como la bola blanca que mueve a las demás esferas hacia las
troneras. Si bien soy de los que piensan que la debilidad o fortaleza de los
partidos políticos responde primero a incentivos sociales antes que legales o
institucionales, creo que es posible incentivar a los políticos a militar en
partidos si se les otorga es éstos de financiamiento público. Durante el verano
de este año escuchamos numerosas denuncias sobre el cobro de “contribuciones a
los partidos” por parte de personas que buscaban ser nominadas como candidatas
al congreso, los cuales no tenían mayor experiencia ni lealtad partidaria, pero
sí ambiciones políticas. Si los partidos contasen con una fuente permanente de financiamiento,
los individuos con ambiciones políticas se verían más incentivados a militar constantemente
en los partidos políticos, ya que serán éstos los encargados de brindar
recursos materiales a sus cuadros y no viceversa. En ese sentido, el
financiamiento a los partidos es una ventana de oportunidad para que éstos
atraigan cuadros, los cuales puedan trazar una carrera política desde el
partido y no se vean tentados a cambiar de tienda política de una elección a
otra, una razón más del desprestigio del parlamento. Una reforma de esta
naturaleza es esencial si se quieren realizar modificaciones de mayor
envergadura. Recientemente la bancada de Alianza por el Gran Cambio (APGC)
presentó un proyecto para regresar a la bicameralidad, lo cual aumentaría a 210
el número total de representantes. En términos principistas, estoy de acuerdo con
los legisladores de APGC, ya que es ridículo que un país de las proporciones
poblacionales del Perú tenga tan pocos representantes, sin embargo; soy
escéptico al pensar en su impacto en la calidad de la representación o gestión
parlamentaria. ¿Cómo pretender que funcione correctamente un parlamento con
casi el doble de los representantes actuales cuando el que tenemos no ha
logrado institucionalizarse?. Creo que el argumento propuesto por Huntington
hace más de 40 años – el cual propone que más importante que su ingeniería, es
la permanencia de las instituciones – es correcto a la luz de América Latina.
En Brasil, cuyas estructura institucional fue catalogada de desastrosa por no
pocos observadores, la democracia ha logrado consolidarse sin que se realizaran
cambios institucionales importantes. Al contrario, en Bolivia o Ecuador, donde
las instituciones fueron drásticamente modificadas, la democracia se ha deteriorado
de manera considerable. Es necesario que las instituciones echen raíces y para
ello, estas deben ser estables en el tiempo. Un intento de reforma desde los
partidos, por otra parte, permite que las instituciones echen raíces y se fortalezcan.
De vuelta a Weber, éste dice en otra parte que la democracia es inimaginable
sin partidos políticos, lo cual ha sido una especie de axioma dentro de la
teoría política contemporánea, ya que éstos son los canales por donde se
trasmite la información desde el mundo de la sociedad al mundo de la política

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