Recent Posts

miércoles, 29 de febrero de 2012

En qué momento se jodió la derecha peruana?

En qué momento se jodió la derecha peruana?

Álvaro Vargas Llosa

            Veo en lo que está convertida, con excepciones honrosas, nuestra derecha y pienso: en el momento en que nuestra economía y nuestra sociedad sufren mudanzas asombrosas sin el complemento de unas instituciones que estén a la altura de esos cambios, lo que sucede es trágico. ¿Cómo es posible que la tradición de la derecha peruana, de la que fueron epítomes, en el siglo 19, un Bartolomé Herrera, un Nicolás de Piérola o un José de la Riva Agüero y Osma –discutibles todos pero qué estatura— esté convertida en ese detrito que afea el espacio?  ¿En qué momento el autoritarismo peruano con ideas, cultura, valor e intuición pasó a ser esa mueca triste que dibujan en el lienzo de la vida pública cada acto y cada palabra de nuestra derecha? En qué momento el niño Goyito perdió el barco?

            En otras palabras: ¿cuándo y por qué pasó la derecha de aspirar al orden, la salvación espiritual y las jerarquías a la pendejada diminutiva, la vileza sin vuelo, la maledicencia embotada, única aspiración vital de esos parlamentarios cuyo norte son las amnistías para presidiarios, esos plumíferos para quienes copiar Wikipedia, contratar avisos del Estado y envidiar hasta el físico ajeno pasa por solvencia profesional, esos clérigos que no saben hablar porque no saben leer y esos mercachifles que se dicen empresarios pero están menos interesados en crear riqueza que en evitar que otros la creen y le temen a la luz, es decir a la información, como el búho a la mañana? ¿Cuándo y por qué la DBA bautizada por Juan Carlos Tafur y propagada por Augusto Álvarez Rodrich fagocitó la tabla de valores de la derecha peruana?

            No puedo aquí contar esta abracadabrante historia como habría que contarla, pero una razón de peso está en la eternal ausencia de un espacio liberal en la vida republicana.

            En el siglo 19, el liberalismo fueron cuatro gatos brillantes y a veces contradictorios: un Manuel Vidaurre, un Francisco González de Paula Vigil o un José Gálvez (y quizá hasta al anarquista González Prada). El militarismo (no tuvimos un Presidente civil hasta 1872 y luego el civilismo le cerró las puertas al Partido Demócrata) y el mercantilismo (el maridaje del guano y el Estado, del que el Partido Civil fue expresión política) se las arreglaron para impedir, a pesar de esporádicos y tímidos intentos, por ejemplo bajo Ramón Castilla, el desmontaje de la herencia colonial.

            En el siglo 20, a raíz del interminable enfrentamiento entre aprismo y antiaprismo el país quedó polarizado entre dos fuerzas que nuevamente le cerraron el espacio al liberalismo. El autoritarismo (el leguiísmo, el sanchecerrismo, el pradismo y el odriísmo) y el mercantilismo (el azúcar y el algodón reemplazaron al guano pero no la forma de entender la riqueza) se legitimaron en el choque perpetuo con el partido de Haya de la Torre, con el que luego algunos de ellos acabaron aliados. En aquel forcejeo, el socialismo y el nacionalismo que informan el ideario del Apra ven postergado su acceso al poder hasta que Velasco hace suyo ese programa y el primer Alan García lo remata.

            Como había ocurrido en el siglo 19, en esa dinámica de autoritarios, el liberalismo quedó reducido a ciertos chispazos (Pedro Beltrán y más tarde el Movimiento Libertad, por ejemplo). Pero no hubo un esfuerzo de larga duración y exitoso por traducir en las instituciones y en el orden jurídico –y por tanto por potenciar mediante los instrumentos de la igualdad ante la ley y la ausencia de privilegios— las cosas importantísimas que sucedían en la sociedad: el surgimiento de una industria nacional, las migraciones rurales, el mestizaje definitivo y el desborde popular del Estado, como lo llamó Matos Mar. Las agrupaciones existentes fueron hurtando pedacitos del ideario liberal sin entender lo que esa concepción de los derechos del individuo significaba a plenitud. El resultado fue, a la larga, una bastardización del liberalismo. A tal punto que parte de la DBA se define como liberal, que es como si Ceausescu se declarase progresista.  

            En el interín, las nuevas clases medias, y en particular sus sectores profesionales, produjeron agrupaciones que pretendían traducir al idioma local las corrientes extranjeras: Acción Popular (desarrollismo) y la Democracia Cristiana (socialcristianismo), luego refundada como PPC. El partido de Belaúnde tenía en programas como Cooperación Popular y en su lealtad al Estado de Derecho elementos liberales, pero su evolución quedó truncada por dos golpes de Estado, primero el de Velasco y luego el de Fujimori. El PPC, menos desarrollista en su visión económica pero también más elitista, sufrió las consecuencias de su alianza con AP en los 80´ y, finalmente, el devastador efecto del régimen dictatorial de los años 90´, que lo sumió en una crisis existencial, escindido, como estaba, entre un deber ser democrático y un querer ser fujimorista.

            En el orden empresarial, la segunda parte del siglo 20 también ahogó esfuerzos de avanzada –de liberalismo empresarial, si se quiere— como el que simbolizaron, en la pesca, un Banchero Rossi y en la agricultura algunos hacendados mejores que el resto.

            La dictadura de los 90´, forzada a abrir y privatizar parte de la economía por el agotamiento del modelo heredado, acabó de expulsar al liberalismo de la ciudad. Vació de sustancia esa palabra, asociándola a la negación de mucho de lo que significa; de paso, canibalizó a la derecha peruana, como un mecánico que desmonta las partes de una máquina y construye con ellas el cacharro que se le ocurre. Esa derecha renunció a ser para medrar o, casi da lo mismo, para no sentir el frío que se siente fuera del poder (sin darse cuenta de que se hincaba ante el más frío de los monstruos, como llamó Nietzsche al Estado). La imagen, tiempo después, en la segunda vuelta de 2011, de la derecha encaramada literal y figuradamente en el estrado del fujimorismo para empujar de regreso al Perú al pantano institucional de los 90´, mostró que sigue moralmente exangüe, políticamente tullida e intelectualmente yerma.

            Que una década después los periódicos y televisiones, los partidos y dirigentes, y los empresarios y curas de la derecha abdicaran de los valores morales no fue la causa de que hoy la DBA campee en ese segmento del espectro ideológico: fue un síntoma de degeneración. El tránsito de la derecha ilustrada a la DBA resume la historia de una degeneración dos veces secular.

            Hace dos décadas, el principal problema del Perú era, o parecía, sobre todo su izquierda: su lealtad a las instituciones republicanas era dudosa (el extremismo la había acomplejado) y había desatendido la lección del estatismo de los 60´, 70´ y 80´, que había desacoplado al Perú del relativo progreso de otros países latinoamericanos. Pero esa izquierda evolucionó. Lo hizo de forma desigual y contradictoria, pero lo hizo, a pesar de que subsiste una izquierda jurásica. Hay una izquierda que apuesta mayoritariamente por las institucions republicanas y no propugna el regreso al Estado de ayer aun cuando cree que el objetivo central de las políticas públicas es recaudar más, gastar más y proteger o ensanchar el ámbito de los sectores “estratégicos”.

            Que un sector clave de la izquierda que acompañó a Ollanta Humala y hoy ve con recelo el rumbo del gobierno haya optado por seguir aliada con él refleja en parte dicha evolución.  Con dolores de parto traumático, esa izquierda asume con ello la “Hoja de ruta” ya no por razones electorales sino en su rol de soporte del gobierno, desde el Congreso, el Ejecutivo o la diplomacia. Para quienes creemos que la izquierda no va a desaparecer, hay un inequívoco progreso: si mantiene esa línea, la mejor izquierda irá marginando a la otra. Los países con una izquierda moderna no se han librado de la antimoderna: la han expulsado a los márgenes. El desarrollo no es posible si la izquierda no se desarrolla también.

            En la derecha, los términos están invertidos: no son los civilizados los que van ganando la partida a los trogloditas. Hay casos notables de melancólicos que tratan de significar algo más digno que el salvajismo de derechas: sin embargo, están acorralados por la DBA, minoritaria sociológicamente pero dominante política, periodística y empresarialmente. No logran –ni siquiera intentan— desfujimorizarse y reencarnarse en una derecha más o menos liberal, como la surgida en Brasil, México, Chile, Uruguay o Colombia. Son meras comparsas o validos de la DBA porque han abdicado de toda responsabilidad cívica.

            Aunque en partes del ámbito empresarial hay una visión más competitiva que antes, son por antonomasia los nuevos empresarios, los surgidos de abajo, quienes van modernizando al Perú. Los de arriba o han sido barridos por la globalización, o han debido asociarse, a la fuerza, con los de afuera, o han hecho un ejercicio de esquizofrenia: siendo modernos empresarialmente, su contribución a nuestra polis es retardataria. Por tanto su contribución a la sociedad, más allá de la productiva, es retardataria. Una clase empresarial retardataria no puede ser productiva indefinidamente. Si no, el positivismo de un Porfirio Díaz o de un Juan Vicente Gómez, por nombrar dos períodos autoritarios de un gran dinamismo capitalista, no hubieran fracasado en México y Venezuela.

            El problema no es que intentasen devolvernos a los tiempos de la dictadura; vituperen el informe de la Comisión de la Verdad que desconocen; sospechen que la democracia está bien sólo para Estados Unidos y Europa; crean que los recelos de las comunidades contra el Estado propietario del subsuelo que entrega concesiones a capitales forasteros deben ser atropellados por la bota; aspiren a que las ONGs sean proscritas; pretendan que los diarios libres sean perseguidos o insinúen que los políticos de izquierda también. El problema no es que crean que la Corte Interamericana de Derechos Humanos es una conspiración o los derechos humanos una cojudez, ni que hayan saturado las redes sociales de racismo y violencia. El problema tampoco es que, incapaces de ganar una sola de las batallas delirantes que emprenden, traten ahora ingenuamente de que Humala sea uno de los suyos o propugnen que la universidad peruana sea apéndice del clero más bruto y achorado para corregir los devaneos socialdemócratas. No, el mayor problema ni siquiera es su mentalidad de campanario o en que suspiren por una alianza entre Alan García y el fujimontesinismo para 2016.  

            No, el verdadero problema, aquel que no debemos perder de vista, es que la DBA, que no significa nada aunque practique el onanismo de creerse algo, puede acabar incubando una IBA, una izquierda bruta y achorada, como ya sucedió. Velasco no hubiera sido posible si a Haya no le hubieran cerrado las puertas del poder, como el primer Alan García no habría sido posible si entre 1980 y 1985 la derecha hubiera empujado al gobierno a desmontar la herencia velasquista. Y Sendero Luminoso no habría sido posible si la radicalización de la izquierda, producto de una América Latina en la que la derecha antediluviana cerró las puertas al liberalismo, no hubiera anidado en un sector medio de provincias poseído por el resentimiento social.

            Ese es el mayor peligro: que la DBA nos traiga de vuelta una IBA capaz de revertir el proceso gradual, incompleto, de modernización de la izquierda y del país. El Movadef o variantes más benignas no tienen hoy mejor aliado que la DBA.  ¿De acuerdo, Zavalita?

lunes, 27 de febrero de 2012

Los compañeros

Por Eduardo González Viaña
 
El primer recuerdo de la vida política del Perú me llega hasta uno de los días amargos de la dictadura del general Manuel A. Odría.
En mi pueblo, Pacasmayo, no había servicio eléctrico sino durante la noche. Sin embargo, mi padre y un grupo de sus amigos instalaron una batería de carro en mi casa para poder escuchar por radio a un peruano de leyenda que les hablaba en esos momentos desde Bogotá.
 
Víctor Raúl Haya de la Torre había permanecido cuatro años asilado en la embajada de Colombia en Lima. El gobierno había cortado por meses el servicio de agua y desagüe de esa casa. En diversas oportunidades, se esperó el ataque final de las patrullas militares que cercaban esa sede diplomática.
 
En ocasiones, el líder del Apra había renunciado al generoso amparo que le ofrecía el país vecino, pero sus anfitriones lo obligaron a quedarse. Más importante que las relaciones con una dictadura era el apego de esa nación a la libre expresión de las ideas y, por otro lado, habían comprometido su apoyo a un perseguido, y los colombianos son fieles a su palabra.
 
Con el “Viejo” a punto de ser liquidado físicamente y con sus líderes, encarcelados o el exilio, era peligroso ser aprista. Millares de peruanos que alzaban el pañuelo blanco y proclamaban los principios izquierdistas de ese partido vieron llegar la cárcel, la pobreza, la persecución e incluso las ejecuciones sin juicio como única compensación por su entrega a una causa de libertad y justicia.
 
En mérito de una política que por desgracia se ha repetido en diversos gobiernos del Perú-uno, incluso, autodenominado aprista-la lucha por la justicia social era satanizada como apro-comunista, y quienes se comprometieran en ella eran llamados “terroristas”, y no podían tener seguros ni su libertad ni su vida.
 
La defensa por parte de los gobiernos de las haciendas –criminalmente feudales- y el petróleo y los recursos mineros- entregados a la “sagrada” inversión extranjera- se apoyaba en una política de militarización del país y criminalización de los movimientos sociales.
 
Para recordar tan sólo un hito de la tragedia de este partido, el 24 de diciembre de 1931 a medianoche el ejército ingresó en el local aprista de Trujillo y ametralló sin piedad a las mujeres y los niños que celebraban con chocolate la Nochebuena.
 
En respuesta a ese y otros crímenes, el 7 de julio de 1932, armados tan sólo de machetes y de su bravura, los compañeros de esa ciudad se apoderaron del cuartel militar para comenzar una revolución que acabara con la tiranía de Sánchez Cerro e iniciara el tiempo del cambio y de la justicia.
 
Para aplastarlos, por aire, mar y tierra, las fuerzas armadas sitiaron a la ciudad insurrecta que opuso brava resistencia durante toda una semana. Al final, miles de trujillanos fueron fusilados frente a los paredones de Chan Chan.
 
Todo esto puede parecer historia pasada. Sin embargo, muchos apristas de hoy creen que la catástrofe actual del partido no es sólo electoral, sino ética. La vanguardia denuncia que la pasada administración fue aprista solo de nombre, pero que abandonó los principios revolucionarios del partido y terminó colocándose en una posición ideológica de extrema derecha, antagónica a la de sus fundadores.
 
Los "compañeros" fueron antaño la reserva moral del país. Eran la mayor parte de los peruanos y tenían razón para sentirse orgullosos. Además de la proverbial valentía del pueblo aprista, mucha de la gente más inteligente y generosa militaba en sus filas. Un filósofo que reveló la genialidad de Vallejo y que descubrió la razón de ser de nuestra América- Antenor Orrego había desechado toda posibilidad de éxito en cualquier universidad europea y, más bien, penaba una larga carcelería en la isla de El Frontón por razón de sus ideas.
 
El propio "compañero jefe" era un intelectual respetado en todo el mundo. Además, pudo haber llegado a ser presidente del país por un camino más corto del que su pasión justiciera le ofreció, pero escogió la senda más difícil.
 
“A Palacio llega cualquiera, porque el camino de Palacio se compra con oro o se conquista con fusiles.-dijo una vez- Pero la misión del aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio."
 
En los años 50, el doctor Fernando Viaña, mi tío, contaba en su consultorio odontológico de Lima con una paciente muy especial. Era la señora Mabel Farro, paisana suya y "amiga íntima" del general Odría.
 
"He notado que le falta un teléfono, doctor... Si usted lo desea, la próxima semana puede tenerlo.”
 
Mi tío sonrió ante lo que supuso tan sólo una fineza de la dama. En esa época, conseguir una línea tomaba dos o tres años. Sin embargo, la señora llegó a la próxima consulta con una enorme sonrisa:
 
"Ya se lo conseguí, doctor. He hablado con Alejandro (el director de gobierno) y me ha aconsejado que usted busque un aprista con teléfono... Usted lo denuncia y le entregamos un teléfono."
 
Mi tío sonrió, y por supuesto no aceptó. El también era aprista.
En el receptor de radio con batería de carro, mi padre y sus amigos escucharon a Víctor Raúl que llegaba a Bogotá luego de su largo y peligroso asilo.
 
"Es el jefe. ¡Qué bien está! ¡Qué bien habla!"-dijeron los compañeros. Yo solo escuchaba algunas palabras ininteligibles y perdidas entre los murmullos de la atmósfera. Ese día me enteré de lo que significaba guardar durante toda la vida una fe y una esperanza.

domingo, 19 de febrero de 2012

Carnaval Loncco-Caymeño


Mario Rommel Arce

¡Apujllay! ¡Apujllay! Juguemos al carnaval, coreaba al unísono la pandilla de payasos de Acequia Alta, acompañados de tocadores y cantores, en una tradición popular que se mantenido hasta hoy con mucho éxito. El sábado era la entrada del carnaval. El domingo, lunes y martes se jugaba y comía en las picanterías de la zona. El miércoles de ceniza, despedían la fiesta con pelea de toros y corrida de caballos. Así se divertían los lonccos de Acequia Alta.
Miércoles por la tarde, me encuentro en la casa de la señora Judith Sanz Cabrera Vda. de Vilca, para conversar con ella acerca del carnaval loncco del pueblo tradicional de Acequia Alta, ubicado en el Distrito de Cayma. Nos acompañan sus familiares y la persona que nos sirve de guía entre las familias que aún guardan memoria de los carnavales de antaño: Don Froilán Neira, antiguo vecino de la zona, saluda a todos por su nombre y nos cuenta un hecho que marcó su niñez. Había muerto su padre, Segundo Neira, cuando él tenía cinco años de edad. Mientras velaban su cuerpo, el pequeño Froilán descubre entre las pertenencias de su padre un traje de payaso. En él encuentra polvos y serpentina que utiliza para pintarse la cara. En medio de su inocencia y el pesar de la familia por la muerte del padre, Froilán sorprende a todos con su aspecto de carnaval. Ese momento lo recuerda hasta hoy, y quizá por eso, dice, nunca bailó de payaso en la fiesta de los carnavales de Acequia Alta. Sin embargo, la identificación con el pueblo donde nació él y sus hijos, hace que conserve el espíritu lugareño: arraigado a sus tradiciones y costumbres. Así como él, un grupo de jóvenes y no tan jóvenes acequialteños, organizados en una “Asociación Cultural del Carnaval Loncco de Acequia Alta”, continúan manteniendo viva la tradición de la pandilla de payasos en la fiesta del carnaval.
Era una fiesta pagana que se remonta a la época colonial, donde el juego y el desenfreno estaban permitidos. El miércoles de ceniza los fieles católicos recibían la absolución, para luego vivir cristianamente la Semana Santa.
En la crónica de viajeros del siglo XIX, hay varios testimonios de los carnavales de antaño. El viajero francés Paúl Marcoy recuerda que en la ciudad de Arequipa los carnavales duraban tres días: domingo, lunes y martes. Menciona, igualmente, que el huevo de carnaval no hacía distinción de género y que, entre todos, se atacaban con el mortífero proyectil. Desde los balcones de sus casas, las mujeres arrojaban agua y huevos. Los varones respondían desde abajo, montados a caballo. Un grabado de la época, publicado por Marcoy en su libro “Viaje a través de la América del Sur”, conserva la imagen de esa tradicional fiesta de Arequipa. El mismo autor indica que, en los distritos aledaños a Arequipa, como Tingo, Sabandía, Sachaca y Tiabaya, la fiesta del carnaval tenía otras características. Ese fue el caso de Acequia Alta, la Tomilla y Carmen Alto, pueblos tradicionales de Cayma, donde el carnaval se distinguía por el colorido de sus trajes y el ritmo de sus coplas. Aunque se diferenciaban los tres pueblos por el color del traje, como refiere Jorge Vilca Sanz, hijo de nuestra anfitriona. Los payasos de la Tomilla lo usaban amarillo con negro, mientras que en Carmen Alto primaba el rojo con verde. La gente de Acequia Alta, por su parte, combinaba el azul con amarillo y el rojo con amarillo. Se cuenta que, en otro tiempo, existía una fuerte rivalidad entre los tres pueblos que, en los días de carnavales, ponían de manifiesto atacándose entre sí las pandillas de payasos. El tiempo hizo que sólo Acequia Alta conserve hasta el momento viva la tradición.
Desde entonces la vestimenta no ha variado. El traje de dos colores es una sola pieza que visten los payasos, con máscara y tongo incluidos. Componen la pandilla los tocadores y cantores, además de los payasos. Las coplas que recitan los alegres cantores al son de las guitarras, le cantan al carnaval, a Arequipa y a su pueblo Acequia Alta. Dice una letra lo siguiente: “Llegó el carnaval, todos contentos, todos se divierten en este momento. Así es mi Arequipa, heroica y hermosa de blanco sillar, y de buenas mozas. De tus cumbres dice, viva la Acequia Alta, loncos de los buenos, acequialteño soy, de lampa y vihuela…”.
El sábado era la entrada del carnaval. Desde Charcani, donde había cultivos de frutas, bajaba la gente, unos a caballo, otros en burro y la mayoría a pie, tocando, bailando y trayendo consigo duraznos, frutillas y membrillos. Al unísono también repetían el siguiente estribillo: ¡apujllay! ¡apujllay!, término quechua que quiere decir ¡juguemos! Juan Guillermo Carpio Muñoz, en su “Diccionario de arequipeñismos”, señala al respecto que “apujllay” fue como un grito de “guerra” en el carnaval y que ahora sólo repetimos entonando el Carnaval Arequipeño, en su parte más conocida: “Cantemos, bailemos, “apujllay” / sobre una granada / hasta que reviente “apujllay” / agua colorada (…)”. Así era el festejo a lo largo del recorrido hasta llegar a Acequia Alta. Allí tenía lugar la costumbre de la pascana. Don Froilán Neira sobre el particular nos dice que, por lo menos, la pandilla de payasos visitaba tres picanterías de las muchas que había antes en ese pueblo tradicional. Al hecho de estacionarse en la picantería para servirse picantes, mote y chicha de jora, se llamaba pascana. “Era un honor recibir a los payasos”, nos dice lleno de emoción Don Froilán, mientras evoca sus recuerdos.
En el trayecto a la casa de doña Judith Sanz, encontramos en el camino al señor Gabino Cárdenas, otro vecino de Acequia Alta, que bailó en los carnavales de su pueblo vestido de payaso, aproximadamente desde 1950. De su época recuerda que bailaron con él los señores: Pablo Zegarra, Florencio Vera, los Bedregal (Mamerto y Manuel “El Diablo”), Aurelio Barriga (la “Señorita”), Sabino Bedregal, Augusto Barriga, Juan Guillén Barriga (el guitarrista), Nonato y Marcos Morales. Siguiendo la tradición de sus antepasados, se estacionaban en las picanterías de Efigenia Llerena, Gregoria Condori y Dorotea Pacheco, para comer sango, soltero de queso, mote y chicha, y luego seguir la diversión los días domingo, lunes y martes de carnaval.
La reunión en la que participo en casa de doña Judith aumenta de personas, se suman ahora los directivos de la “Asociación Cultural del Carnaval Loncco de Acequia Alta”. Su presidente Víctor Rondón Vera nos habla de la necesidad de preservar la tradición del carnaval acequialteño. Indica que el primero de marzo de 1987 organizaron el primer festival del carnaval loncco. Y para ser más emotiva la reunión, uno de ellos rasga la guitarra a ritmo del carnaval con el acompañamiento de Jorge Vilca Sanz que recita unos versos.
Pregunto ¿Cómo iban vestidos los payasos y qué otros personajes más componían la pandilla? Al traje de dos colores con cascabeles que suenan, se sumaban el tongo y la máscara que era de malla de alambre. Me muestran uno completo, y al punto Don Froilán recuerda que su padre le heredó dos disfraces de payaso, que él alquilaba hace tiempo a cinco soles cada uno.
Los personajes representados por la pandilla incluía un diablo, una bruja, los payasos y el doctorcito. Además portaban un zurriago con el cual se pegaban entre sí, a manera de juego. Esta es una expresión popular muy propia de los pueblos aledaños de Arequipa, que a su manera intentaron ridiculizar las costumbres europeas, con la presencia de personajes como la bruja que era perseguida en otro tiempo por la Inquisición, el diablo como expresión pagana de la fiesta y el doctorcito, personaje símbolo de la vida de la ciudad.
El loncco arequipeño, o sea el hombre del campo, de la chacra, celebró la fiesta de los carnavales en el mes de febrero con el peculiar entusiasmo que los caracteriza. Con el agregado que introdujeron otras costumbres diferentes a la ciudad, como el miércoles de ceniza, en que los lugareños de Acequia Alta cerraban la fiesta con la pelea de toros y la carrera de caballos.
Estamos justamente con Don Froilán, en la calle Miguel Grau, donde en otro tiempo y antes que fuera asfaltada la pista, había carrera de caballos. Esta tradición nos dice lamentablemente ha desaparecido como consecuencia de la modernidad. Sin embargo, procuran mantener viva la tradición de la pelea de toros, que hoy realizan en estadio de la zona.
Acabo mi entrevista en casa de doña Judith Sanz, que a propósito también bailó desde muy niña en los carnavales de Acequia Alta y hoy sus hijos continúan la tradición familiar. La identidad y el grado de compromiso de los vecinos de Acequia Alta nos invitan a una reflexión final: mantener nuestras costumbres y tradiciones como un legado de las antiguas generaciones de arequipeños o acequialteños, es un trabajo conjunto de autoridades y ciudadanos, que al final también se constituye en atractivo turístico para Arequipa y el país que hoy se proyecta al mundo no sólo con sus monumentos históricos, maravillas naturales y comida tradicional, sino también con sus danzas y fiestas, como la del carnaval. Pero procuremos integrar también las fiestas tradicionales de otros pueblos de Arequipa, igualmente vistosos y con mucha historia, para enseñar a las nuevas generaciones ese gran legado cultural que a ellos ahora les corresponde conservar.

viernes, 17 de febrero de 2012

Hace agua


 Hace agua

Juan Carlos Callacondo Velarde

Escuchaste alguna vez decir ¿hace agua? Pues este dicho viene del lenguaje de los marineros, cuando el agua entra en el bote por todos los lados, todo los agujeros y poco a poco se hunde, estos días muchos pobladores arequipeños  pasaron por la misma experiencia sus casa hicieron agua. Que desesperación se sufre  cuando de pronto tú  casa se llena de agua por todos los lados no sabes  como defenderte de ella, intentas salvar las cosas más valiosas y te das cuenta que todo es valioso, te quedas mirando como se derrumba y poco a poco ese remolino se lo lleva todo y te deja sencillamente sin nada. Todos tus intentos hicieron agua. Muchas veces ocurre las mismas circunstancias en tu vida; vez, como los problemas se meten por todos los lados en tu vida y eliminan cada uno de las barreras y hacen agua con tus planes, con tus sueños y tú vida hace agua. De esta misma forma muchas familias que viven las inclemencias de esta emergencia por las lluvias ven como se hacen agua sus viviendas, sus sueños, sus chacras, sus préstamos, sus enseres. No pudiendo hacerse nada todo se lo llevan las lluvias y las torrenciales lluvias que ponen Arequipa en una situación calamitosa.
Así como todo hace agua, también sucede con las instituciones públicas que hacen agua, nos saben como enfrentar esta emergencia, por que nunca se prepararon, tampoco desean aprender, muchos alcaldes están haciendo agua por que nunca escucharon, no se informaron, no tienen gente que este preparado para Gestionar los Riesgos en desastres. Este fin de semana con mucha pena escuchaba a un grupo de dirigentes de Cayma en una reunión con su alcalde que no deseaban asimilar de cómo gestionar el riesgo, antes que soluciones todo era criticas negativas expresando por que no se hizo, por que no me auxiliaron, por que muchos  tenemos una mentalidad fatalista, se que el dolor que sigue a la tragedia tiende  a reforzar una cultura fatalista que impide aprender de lo ocurrido, sacar lecciones y corregir prácticas para que la historia no se repita, o al menos no con los mismos resultados.
Seria bueno que muchos alcaldes y nuestros dirigentes leyeran un manual que hace mucho público Mesa de Concertación para la Lucha contra la Pobreza (MCLCP) y Caritas del Perú denominado “Gestión del riesgo de desastres para la planificación del desarrollo local” en este documento se  plantea como manejar y comunicarse con la gente expuesta al riesgos, al peligro, al  desastre, la vulnerabilidad, como tener capacidad y resiliencia en estos tiempos donde todos caminos alterados, hay un capítulo para los dirigentes, si son lideres deben incorporar  en sus acciones inmediatas como  hacer un mapa comunal de riesgos, mapas de actores, como prever estimaciones de riesgo, declaratorias y planes de operaciones de emergencia.

Es necesario que todos  aprendamos a gestionar el riesgo, todos debemos empezar erradicando la cultura fatalista, pesimista, de denuncia que pobreza mental que se escucha en las radios ya que estos paradigmas dominantes impiden enfrentar de mejor forma estas emergencias. Necesitamos tener una  cultura de seguridad, promover conductas seguras, esta es una oportunidad para vivir de otra forma, por que así como vamos recién estamos conociendo lo que nos traerá los efectos del cambio climático. Para no hacer agua necesitamos aprender a gestionar el riesgo en desastre.

Vivir en emergencia

Juan Carlos Callacondo Velarde

Las intensas lluvias que caen en nuestra región ha generado que estamos viviendo días de emergencia, el gobierno central ha determinado que se pude  acceder a los fondos de más de 500 millones de nuevos soles, destinados para atender urgencias por desastres naturales, los gobiernos local y regionales deben declarar en emergencia y acudir de inmediato para atender los desastres ocurridos. Estas emergencias una vez más nos muestran la fragilidad  y la vulnerabilidad de una cultura de prevención  ante los desastres naturales.

Arequipa no esta preparada, ni construida  para enfrentar desastres naturales las lluvias torrenciales han dejado colapsado todos los servicios básicos de agua y desagüe, se han generado perdidas de miles hectáreas de cultivos sobre la riveras de los diferentes ríos y torrenteras y muchas casas en situación de desmoronamiento. Para el Gobierno Regional de Arequipa solo se estima que los daños hasta ahora alcanzan los 24 millones de soles, considero que deben ser mucho más altos. Estas lluvias estuvieron ya alertadas por pronósticos de  SENAMI y centros científicos, de igual forma existe muchas investigaciones a nivel nacional donde se expresan que los  eventos hidrometeorológicos constituyen el 85% de los desastres naturales que ocurren en  el país y en todo el mundo y no hicimos absolutamente nada por disminuir el impactos de los desastres naturales.

La vulnerabilidad ante desastres naturales es un problema de salud pública y de bienestar. Es poco lo que se puede hacer para prevenir las lluvias excesivas, pero hay soluciones menos costosas y más efectivas como es implementar estrategias de Gestión de la Reducción del Riesgo  que deben constituir un eje transversal en las decisiones políticas y la construcción de toda infraestructura. Todos debemos de saber que las acciones de prevención, mitigación, y preparación así como la  concientización  y la educación del público pueden salvarnos la vida.

Es posible que Arequipa este mas preparado ante los sismos y no los desastres  de lluvias intensas, tener una cultura preventiva es tener una preparación para reducir daños, estas lluvias no puso al desnudo situaciones muy sencillas que por norma elemental debemos de considerar en todas las construcciones, por ejemplo como se pudo asfaltar vías sin sistemas de drenaje y alcantarillado, incluso sin veredas que muchos de ellos ahora requieren un reasaltado, como dejamos que algunos vecinos invadan vivan en torrenteras, como es posible que no se haya ejecutado un presupuesto de  20 millones para reforzar  y ensanchar el cause de los ríos, como es posible que no se ha limpiado las sequías y canales de regadíos, como es posible que en los municipios los fondos de Defensa Civil no se hayan invertido en la prevención.
Es posible que luego de estos desastres  se cuantifique  monetariamente la magnitud de los daños y digamos muchas cosas, pero también estamos seguro al poco tiempo el asunto parezcas olvidado y de nuevo no se incorpore dentro de las decisiones políticas y acciones  de vulnerabilidad y la gestión de riesgo.