Por Eduardo González Viaña
El
primer recuerdo de la vida política del Perú me llega hasta uno de los
días amargos de la dictadura del general Manuel A. Odría.
En
mi pueblo, Pacasmayo, no había servicio eléctrico sino durante la
noche. Sin embargo, mi padre y un grupo de sus amigos instalaron una
batería de carro en mi casa para poder escuchar por radio a un peruano
de leyenda que les hablaba en esos momentos desde Bogotá.
Víctor
Raúl Haya de la Torre había permanecido cuatro años asilado en la
embajada de Colombia en Lima. El gobierno había cortado por meses el
servicio de agua y desagüe de esa casa. En diversas oportunidades, se
esperó el ataque final de las patrullas militares que cercaban esa sede
diplomática.
En
ocasiones, el líder del Apra había renunciado al generoso amparo que le
ofrecía el país vecino, pero sus anfitriones lo obligaron a quedarse.
Más importante que las relaciones con una dictadura era el apego de esa
nación a la libre expresión de las ideas y, por otro lado, habían
comprometido su apoyo a un perseguido, y los colombianos son fieles a su
palabra.
Con
el “Viejo” a punto de ser liquidado físicamente y con sus líderes,
encarcelados o el exilio, era peligroso ser aprista. Millares de
peruanos que alzaban el pañuelo blanco y proclamaban los principios
izquierdistas de ese partido vieron llegar la cárcel, la pobreza, la
persecución e incluso las ejecuciones sin juicio como única compensación
por su entrega a una causa de libertad y justicia.
En
mérito de una política que por desgracia se ha repetido en diversos
gobiernos del Perú-uno, incluso, autodenominado aprista-la lucha por la
justicia social era satanizada como apro-comunista, y quienes se
comprometieran en ella eran llamados “terroristas”, y no podían tener seguros ni su libertad ni su vida.
La
defensa por parte de los gobiernos de las haciendas –criminalmente
feudales- y el petróleo y los recursos mineros- entregados a la
“sagrada” inversión extranjera- se apoyaba en una política de
militarización del país y criminalización de los movimientos sociales.
Para
recordar tan sólo un hito de la tragedia de este partido, el 24 de
diciembre de 1931 a medianoche el ejército ingresó en el local aprista
de Trujillo y ametralló sin piedad a las mujeres y los niños que
celebraban con chocolate la Nochebuena.
En
respuesta a ese y otros crímenes, el 7 de julio de 1932, armados tan
sólo de machetes y de su bravura, los compañeros de esa ciudad se
apoderaron del cuartel militar para comenzar una revolución que acabara
con la tiranía de Sánchez Cerro e iniciara el tiempo del cambio y de la
justicia.
Para
aplastarlos, por aire, mar y tierra, las fuerzas armadas sitiaron a la
ciudad insurrecta que opuso brava resistencia durante toda una semana.
Al final, miles de trujillanos fueron fusilados frente a los paredones
de Chan Chan.
Todo esto puede parecer historia pasada. Sin embargo,
muchos apristas de hoy creen que la catástrofe actual del partido no es
sólo electoral, sino ética. La vanguardia denuncia que la pasada
administración fue aprista solo de nombre, pero que abandonó los
principios revolucionarios del partido y terminó colocándose en una
posición ideológica de extrema derecha, antagónica a la de sus
fundadores.
Los
"compañeros" fueron antaño la reserva moral del país. Eran la mayor
parte de los peruanos y tenían razón para sentirse orgullosos. Además de
la proverbial valentía del pueblo aprista, mucha de la gente más
inteligente y generosa militaba en sus filas. Un filósofo que reveló la
genialidad de Vallejo y que descubrió la razón de ser de nuestra
América- Antenor Orrego había desechado toda posibilidad de éxito en
cualquier universidad europea y, más bien, penaba una larga carcelería
en la isla de El Frontón por razón de sus ideas.
El
propio "compañero jefe" era un intelectual respetado en todo el mundo.
Además, pudo haber llegado a ser presidente del país por un camino más
corto del que su pasión justiciera le ofreció, pero escogió la senda más
difícil.
“A
Palacio llega cualquiera, porque el camino de Palacio se compra con oro
o se conquista con fusiles.-dijo una vez- Pero la misión del aprismo
era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio."
En
los años 50, el doctor Fernando Viaña, mi tío, contaba en su
consultorio odontológico de Lima con una paciente muy especial. Era la
señora Mabel Farro, paisana suya y "amiga íntima" del general Odría.
"He notado que le falta un teléfono, doctor... Si usted lo desea, la próxima semana puede tenerlo.”
Mi
tío sonrió ante lo que supuso tan sólo una fineza de la dama. En esa
época, conseguir una línea tomaba dos o tres años. Sin embargo, la
señora llegó a la próxima consulta con una enorme sonrisa:
"Ya
se lo conseguí, doctor. He hablado con Alejandro (el director de
gobierno) y me ha aconsejado que usted busque un aprista con teléfono...
Usted lo denuncia y le entregamos un teléfono."
Mi tío sonrió, y por supuesto no aceptó. El también era aprista.
En
el receptor de radio con batería de carro, mi padre y sus amigos
escucharon a Víctor Raúl que llegaba a Bogotá luego de su largo y
peligroso asilo.
"Es
el jefe. ¡Qué bien está! ¡Qué bien habla!"-dijeron los compañeros. Yo
solo escuchaba algunas palabras ininteligibles y perdidas entre los
murmullos de la atmósfera. Ese día me enteré de lo que significaba
guardar durante toda la vida una fe y una esperanza.

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