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domingo, 19 de febrero de 2012

Carnaval Loncco-Caymeño


Mario Rommel Arce

¡Apujllay! ¡Apujllay! Juguemos al carnaval, coreaba al unísono la pandilla de payasos de Acequia Alta, acompañados de tocadores y cantores, en una tradición popular que se mantenido hasta hoy con mucho éxito. El sábado era la entrada del carnaval. El domingo, lunes y martes se jugaba y comía en las picanterías de la zona. El miércoles de ceniza, despedían la fiesta con pelea de toros y corrida de caballos. Así se divertían los lonccos de Acequia Alta.
Miércoles por la tarde, me encuentro en la casa de la señora Judith Sanz Cabrera Vda. de Vilca, para conversar con ella acerca del carnaval loncco del pueblo tradicional de Acequia Alta, ubicado en el Distrito de Cayma. Nos acompañan sus familiares y la persona que nos sirve de guía entre las familias que aún guardan memoria de los carnavales de antaño: Don Froilán Neira, antiguo vecino de la zona, saluda a todos por su nombre y nos cuenta un hecho que marcó su niñez. Había muerto su padre, Segundo Neira, cuando él tenía cinco años de edad. Mientras velaban su cuerpo, el pequeño Froilán descubre entre las pertenencias de su padre un traje de payaso. En él encuentra polvos y serpentina que utiliza para pintarse la cara. En medio de su inocencia y el pesar de la familia por la muerte del padre, Froilán sorprende a todos con su aspecto de carnaval. Ese momento lo recuerda hasta hoy, y quizá por eso, dice, nunca bailó de payaso en la fiesta de los carnavales de Acequia Alta. Sin embargo, la identificación con el pueblo donde nació él y sus hijos, hace que conserve el espíritu lugareño: arraigado a sus tradiciones y costumbres. Así como él, un grupo de jóvenes y no tan jóvenes acequialteños, organizados en una “Asociación Cultural del Carnaval Loncco de Acequia Alta”, continúan manteniendo viva la tradición de la pandilla de payasos en la fiesta del carnaval.
Era una fiesta pagana que se remonta a la época colonial, donde el juego y el desenfreno estaban permitidos. El miércoles de ceniza los fieles católicos recibían la absolución, para luego vivir cristianamente la Semana Santa.
En la crónica de viajeros del siglo XIX, hay varios testimonios de los carnavales de antaño. El viajero francés Paúl Marcoy recuerda que en la ciudad de Arequipa los carnavales duraban tres días: domingo, lunes y martes. Menciona, igualmente, que el huevo de carnaval no hacía distinción de género y que, entre todos, se atacaban con el mortífero proyectil. Desde los balcones de sus casas, las mujeres arrojaban agua y huevos. Los varones respondían desde abajo, montados a caballo. Un grabado de la época, publicado por Marcoy en su libro “Viaje a través de la América del Sur”, conserva la imagen de esa tradicional fiesta de Arequipa. El mismo autor indica que, en los distritos aledaños a Arequipa, como Tingo, Sabandía, Sachaca y Tiabaya, la fiesta del carnaval tenía otras características. Ese fue el caso de Acequia Alta, la Tomilla y Carmen Alto, pueblos tradicionales de Cayma, donde el carnaval se distinguía por el colorido de sus trajes y el ritmo de sus coplas. Aunque se diferenciaban los tres pueblos por el color del traje, como refiere Jorge Vilca Sanz, hijo de nuestra anfitriona. Los payasos de la Tomilla lo usaban amarillo con negro, mientras que en Carmen Alto primaba el rojo con verde. La gente de Acequia Alta, por su parte, combinaba el azul con amarillo y el rojo con amarillo. Se cuenta que, en otro tiempo, existía una fuerte rivalidad entre los tres pueblos que, en los días de carnavales, ponían de manifiesto atacándose entre sí las pandillas de payasos. El tiempo hizo que sólo Acequia Alta conserve hasta el momento viva la tradición.
Desde entonces la vestimenta no ha variado. El traje de dos colores es una sola pieza que visten los payasos, con máscara y tongo incluidos. Componen la pandilla los tocadores y cantores, además de los payasos. Las coplas que recitan los alegres cantores al son de las guitarras, le cantan al carnaval, a Arequipa y a su pueblo Acequia Alta. Dice una letra lo siguiente: “Llegó el carnaval, todos contentos, todos se divierten en este momento. Así es mi Arequipa, heroica y hermosa de blanco sillar, y de buenas mozas. De tus cumbres dice, viva la Acequia Alta, loncos de los buenos, acequialteño soy, de lampa y vihuela…”.
El sábado era la entrada del carnaval. Desde Charcani, donde había cultivos de frutas, bajaba la gente, unos a caballo, otros en burro y la mayoría a pie, tocando, bailando y trayendo consigo duraznos, frutillas y membrillos. Al unísono también repetían el siguiente estribillo: ¡apujllay! ¡apujllay!, término quechua que quiere decir ¡juguemos! Juan Guillermo Carpio Muñoz, en su “Diccionario de arequipeñismos”, señala al respecto que “apujllay” fue como un grito de “guerra” en el carnaval y que ahora sólo repetimos entonando el Carnaval Arequipeño, en su parte más conocida: “Cantemos, bailemos, “apujllay” / sobre una granada / hasta que reviente “apujllay” / agua colorada (…)”. Así era el festejo a lo largo del recorrido hasta llegar a Acequia Alta. Allí tenía lugar la costumbre de la pascana. Don Froilán Neira sobre el particular nos dice que, por lo menos, la pandilla de payasos visitaba tres picanterías de las muchas que había antes en ese pueblo tradicional. Al hecho de estacionarse en la picantería para servirse picantes, mote y chicha de jora, se llamaba pascana. “Era un honor recibir a los payasos”, nos dice lleno de emoción Don Froilán, mientras evoca sus recuerdos.
En el trayecto a la casa de doña Judith Sanz, encontramos en el camino al señor Gabino Cárdenas, otro vecino de Acequia Alta, que bailó en los carnavales de su pueblo vestido de payaso, aproximadamente desde 1950. De su época recuerda que bailaron con él los señores: Pablo Zegarra, Florencio Vera, los Bedregal (Mamerto y Manuel “El Diablo”), Aurelio Barriga (la “Señorita”), Sabino Bedregal, Augusto Barriga, Juan Guillén Barriga (el guitarrista), Nonato y Marcos Morales. Siguiendo la tradición de sus antepasados, se estacionaban en las picanterías de Efigenia Llerena, Gregoria Condori y Dorotea Pacheco, para comer sango, soltero de queso, mote y chicha, y luego seguir la diversión los días domingo, lunes y martes de carnaval.
La reunión en la que participo en casa de doña Judith aumenta de personas, se suman ahora los directivos de la “Asociación Cultural del Carnaval Loncco de Acequia Alta”. Su presidente Víctor Rondón Vera nos habla de la necesidad de preservar la tradición del carnaval acequialteño. Indica que el primero de marzo de 1987 organizaron el primer festival del carnaval loncco. Y para ser más emotiva la reunión, uno de ellos rasga la guitarra a ritmo del carnaval con el acompañamiento de Jorge Vilca Sanz que recita unos versos.
Pregunto ¿Cómo iban vestidos los payasos y qué otros personajes más componían la pandilla? Al traje de dos colores con cascabeles que suenan, se sumaban el tongo y la máscara que era de malla de alambre. Me muestran uno completo, y al punto Don Froilán recuerda que su padre le heredó dos disfraces de payaso, que él alquilaba hace tiempo a cinco soles cada uno.
Los personajes representados por la pandilla incluía un diablo, una bruja, los payasos y el doctorcito. Además portaban un zurriago con el cual se pegaban entre sí, a manera de juego. Esta es una expresión popular muy propia de los pueblos aledaños de Arequipa, que a su manera intentaron ridiculizar las costumbres europeas, con la presencia de personajes como la bruja que era perseguida en otro tiempo por la Inquisición, el diablo como expresión pagana de la fiesta y el doctorcito, personaje símbolo de la vida de la ciudad.
El loncco arequipeño, o sea el hombre del campo, de la chacra, celebró la fiesta de los carnavales en el mes de febrero con el peculiar entusiasmo que los caracteriza. Con el agregado que introdujeron otras costumbres diferentes a la ciudad, como el miércoles de ceniza, en que los lugareños de Acequia Alta cerraban la fiesta con la pelea de toros y la carrera de caballos.
Estamos justamente con Don Froilán, en la calle Miguel Grau, donde en otro tiempo y antes que fuera asfaltada la pista, había carrera de caballos. Esta tradición nos dice lamentablemente ha desaparecido como consecuencia de la modernidad. Sin embargo, procuran mantener viva la tradición de la pelea de toros, que hoy realizan en estadio de la zona.
Acabo mi entrevista en casa de doña Judith Sanz, que a propósito también bailó desde muy niña en los carnavales de Acequia Alta y hoy sus hijos continúan la tradición familiar. La identidad y el grado de compromiso de los vecinos de Acequia Alta nos invitan a una reflexión final: mantener nuestras costumbres y tradiciones como un legado de las antiguas generaciones de arequipeños o acequialteños, es un trabajo conjunto de autoridades y ciudadanos, que al final también se constituye en atractivo turístico para Arequipa y el país que hoy se proyecta al mundo no sólo con sus monumentos históricos, maravillas naturales y comida tradicional, sino también con sus danzas y fiestas, como la del carnaval. Pero procuremos integrar también las fiestas tradicionales de otros pueblos de Arequipa, igualmente vistosos y con mucha historia, para enseñar a las nuevas generaciones ese gran legado cultural que a ellos ahora les corresponde conservar.

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