Mario Rommel Arce
¡Apujllay! ¡Apujllay!
Juguemos al carnaval, coreaba al unísono la pandilla de payasos de
Acequia Alta, acompañados de tocadores y cantores, en una tradición
popular que se mantenido hasta hoy con mucho éxito. El sábado era la
entrada del carnaval. El domingo, lunes y martes se jugaba y comía en
las picanterías de la zona. El miércoles de ceniza, despedían la fiesta
con pelea de toros y corrida de caballos. Así se divertían los lonccos
de Acequia Alta.
Miércoles por la tarde, me encuentro en
la casa de la señora Judith Sanz Cabrera Vda. de Vilca, para conversar
con ella acerca del carnaval loncco del pueblo tradicional de Acequia
Alta, ubicado en el Distrito de Cayma. Nos acompañan sus familiares y la
persona que nos sirve de guía entre las familias que aún guardan
memoria de los carnavales de antaño: Don Froilán Neira, antiguo vecino
de la zona, saluda a todos por su nombre y nos cuenta un hecho que marcó
su niñez. Había muerto su padre, Segundo Neira, cuando él tenía cinco
años de edad. Mientras velaban su cuerpo, el pequeño Froilán descubre
entre las pertenencias de su padre un traje de payaso. En él encuentra
polvos y serpentina que utiliza para pintarse la cara. En medio de su
inocencia y el pesar de la familia por la muerte del padre, Froilán
sorprende a todos con su aspecto de carnaval. Ese momento lo recuerda
hasta hoy, y quizá por eso, dice, nunca bailó de payaso en la fiesta de
los carnavales de Acequia Alta. Sin embargo, la identificación con el
pueblo donde nació él y sus hijos, hace que conserve el espíritu
lugareño: arraigado a sus tradiciones y costumbres. Así como él, un
grupo de jóvenes y no tan jóvenes acequialteños, organizados en una
“Asociación Cultural del Carnaval Loncco de Acequia Alta”, continúan
manteniendo viva la tradición de la pandilla de payasos en la fiesta del
carnaval.
Era una fiesta pagana que se remonta a
la época colonial, donde el juego y el desenfreno estaban permitidos. El
miércoles de ceniza los fieles católicos recibían la absolución, para
luego vivir cristianamente la Semana Santa.
En la crónica de viajeros del siglo XIX,
hay varios testimonios de los carnavales de antaño. El viajero francés
Paúl Marcoy recuerda que en la ciudad de Arequipa los carnavales duraban
tres días: domingo, lunes y martes. Menciona, igualmente, que el huevo
de carnaval no hacía distinción de género y que, entre todos, se
atacaban con el mortífero proyectil. Desde los balcones de sus casas,
las mujeres arrojaban agua y huevos. Los varones respondían desde abajo,
montados a caballo. Un grabado de la época, publicado por Marcoy en su
libro “Viaje a través de la América del Sur”, conserva la imagen de esa
tradicional fiesta de Arequipa. El mismo autor indica que, en los
distritos aledaños a Arequipa, como Tingo, Sabandía, Sachaca y Tiabaya,
la fiesta del carnaval tenía otras características. Ese fue el caso de
Acequia Alta, la Tomilla y Carmen Alto, pueblos tradicionales de Cayma,
donde el carnaval se distinguía por el colorido de sus trajes y el ritmo
de sus coplas. Aunque se diferenciaban los tres pueblos por el color
del traje, como refiere Jorge Vilca Sanz, hijo de nuestra anfitriona.
Los payasos de la Tomilla lo usaban amarillo con negro, mientras que en
Carmen Alto primaba el rojo con verde. La gente de Acequia Alta, por su
parte, combinaba el azul con amarillo y el rojo con amarillo. Se cuenta
que, en otro tiempo, existía una fuerte rivalidad entre los tres pueblos
que, en los días de carnavales, ponían de manifiesto atacándose entre
sí las pandillas de payasos. El tiempo hizo que sólo Acequia Alta
conserve hasta el momento viva la tradición.
Desde entonces la vestimenta no ha
variado. El traje de dos colores es una sola pieza que visten los
payasos, con máscara y tongo incluidos. Componen la pandilla los
tocadores y cantores, además de los payasos. Las coplas que recitan los
alegres cantores al son de las guitarras, le cantan al carnaval, a
Arequipa y a su pueblo Acequia Alta. Dice una letra lo siguiente: “Llegó
el carnaval, todos contentos, todos se divierten en este momento. Así
es mi Arequipa, heroica y hermosa de blanco sillar, y de buenas mozas.
De tus cumbres dice, viva la Acequia Alta, loncos de los buenos,
acequialteño soy, de lampa y vihuela…”.
El sábado era la entrada del carnaval.
Desde Charcani, donde había cultivos de frutas, bajaba la gente, unos a
caballo, otros en burro y la mayoría a pie, tocando, bailando y trayendo
consigo duraznos, frutillas y membrillos. Al unísono también repetían
el siguiente estribillo: ¡apujllay! ¡apujllay!, término quechua que
quiere decir ¡juguemos! Juan Guillermo Carpio Muñoz, en su “Diccionario
de arequipeñismos”, señala al respecto que “apujllay” fue como un grito
de “guerra” en el carnaval y que ahora sólo repetimos entonando el
Carnaval Arequipeño, en su parte más conocida: “Cantemos, bailemos,
“apujllay” / sobre una granada / hasta que reviente “apujllay” / agua
colorada (…)”. Así era el festejo a lo largo del recorrido hasta llegar a
Acequia Alta. Allí tenía lugar la costumbre de la pascana. Don Froilán
Neira sobre el particular nos dice que, por lo menos, la pandilla de
payasos visitaba tres picanterías de las muchas que había antes en ese
pueblo tradicional. Al hecho de estacionarse en la picantería para
servirse picantes, mote y chicha de jora, se llamaba pascana. “Era un
honor recibir a los payasos”, nos dice lleno de emoción Don Froilán,
mientras evoca sus recuerdos.
En el trayecto a la casa de doña Judith
Sanz, encontramos en el camino al señor Gabino Cárdenas, otro vecino de
Acequia Alta, que bailó en los carnavales de su pueblo vestido de
payaso, aproximadamente desde 1950. De su época recuerda que bailaron
con él los señores: Pablo Zegarra, Florencio Vera, los Bedregal (Mamerto
y Manuel “El Diablo”), Aurelio Barriga (la “Señorita”), Sabino
Bedregal, Augusto Barriga, Juan Guillén Barriga (el guitarrista), Nonato
y Marcos Morales. Siguiendo la tradición de sus antepasados, se
estacionaban en las picanterías de Efigenia Llerena, Gregoria Condori y
Dorotea Pacheco, para comer sango, soltero de queso, mote y chicha, y
luego seguir la diversión los días domingo, lunes y martes de carnaval.
La reunión en la que participo en casa
de doña Judith aumenta de personas, se suman ahora los directivos de la
“Asociación Cultural del Carnaval Loncco de Acequia Alta”. Su presidente
Víctor Rondón Vera nos habla de la necesidad de preservar la tradición
del carnaval acequialteño. Indica que el primero de marzo de 1987
organizaron el primer festival del carnaval loncco. Y para ser más
emotiva la reunión, uno de ellos rasga la guitarra a ritmo del carnaval
con el acompañamiento de Jorge Vilca Sanz que recita unos versos.
Pregunto ¿Cómo iban vestidos los payasos
y qué otros personajes más componían la pandilla? Al traje de dos
colores con cascabeles que suenan, se sumaban el tongo y la máscara que
era de malla de alambre. Me muestran uno completo, y al punto Don
Froilán recuerda que su padre le heredó dos disfraces de payaso, que él
alquilaba hace tiempo a cinco soles cada uno.
Los personajes representados por la
pandilla incluía un diablo, una bruja, los payasos y el doctorcito.
Además portaban un zurriago con el cual se pegaban entre sí, a manera de
juego. Esta es una expresión popular muy propia de los pueblos aledaños
de Arequipa, que a su manera intentaron ridiculizar las costumbres
europeas, con la presencia de personajes como la bruja que era
perseguida en otro tiempo por la Inquisición, el diablo como expresión
pagana de la fiesta y el doctorcito, personaje símbolo de la vida de la
ciudad.
El loncco arequipeño, o sea el hombre
del campo, de la chacra, celebró la fiesta de los carnavales en el mes
de febrero con el peculiar entusiasmo que los caracteriza. Con el
agregado que introdujeron otras costumbres diferentes a la ciudad, como
el miércoles de ceniza, en que los lugareños de Acequia Alta cerraban la
fiesta con la pelea de toros y la carrera de caballos.
Estamos justamente con Don Froilán, en
la calle Miguel Grau, donde en otro tiempo y antes que fuera asfaltada
la pista, había carrera de caballos. Esta tradición nos dice
lamentablemente ha desaparecido como consecuencia de la modernidad. Sin
embargo, procuran mantener viva la tradición de la pelea de toros, que
hoy realizan en estadio de la zona.
Acabo mi entrevista en casa de doña
Judith Sanz, que a propósito también bailó desde muy niña en los
carnavales de Acequia Alta y hoy sus hijos continúan la tradición
familiar. La identidad y el grado de compromiso de los vecinos de
Acequia Alta nos invitan a una reflexión final: mantener nuestras
costumbres y tradiciones como un legado de las antiguas generaciones de
arequipeños o acequialteños, es un trabajo conjunto de autoridades y
ciudadanos, que al final también se constituye en atractivo turístico
para Arequipa y el país que hoy se proyecta al mundo no sólo con sus
monumentos históricos, maravillas naturales y comida tradicional, sino
también con sus danzas y fiestas, como la del carnaval. Pero procuremos
integrar también las fiestas tradicionales de otros pueblos de Arequipa,
igualmente vistosos y con mucha historia, para enseñar a las nuevas
generaciones ese gran legado cultural que a ellos ahora les corresponde
conservar.

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