Juan Carlos Callacondo Velarde
Acabamos de vivir la festividad de Todos
los Santos, por estas fechas las familias se vuelcan a los comentarios en búsqueda
del recuentro con algún familiar muertos, para revivir lo que hizo en vida, para
mirar a través de su nombre las cosas buenas que debemos hacer y las malas para
no volver a repetirlos, en estos días también, revivimos las tradiciones familiares
y ancestrales, para pensar sobre la dicotomía permanente como es la vida y la muerte. Esta es una
fiesta católica cristiana que se vive intensamente con las mismas características
en todo el mundo, porque todos nacemos, vivimos
y morimos bajo una cultura que compartimos mientras vivimos.
Los cementerios son lugares sagrados,
habitados por ánimas, almas, semidioses y una cultura de la eternidad donde nos
instalamos al final de nuestras vidas, para morar en ella para siempre, allí queda
nuestros nombres, nuestras memorias, nuestros recuerdos, nuestra vida, nuestros
aprendizajes y nuestras enseñanzas. Un viejo maestro decía hay que hacer cosas
dignas, para que nos recuerden con dignidad, si posible dejar escrito nuestra
lapida, para que nos recuerden de la misma forma como vivimos. Nadie creo vino
al mundo para que ser un anónimo, hasta en la muerte todos tenemos hechos, vida
y nombre para ser recordado.
La tradición nos dice que las almas
vuelven el primero de noviembre al medio
día, las familias recepcionan con un altar por su condición semi divina, donde están
presente el infaltable t´anta wawas, ofrendas, escaleras, caballos, flores, los
platos y bebidas preferidos en vida, durante los tres primeros años este sentimiento
es muy intenso, porque aún nos resistimos que la vida está aquí en la tierra y no el cielo. El día 2 noviembre, se despide
en los cementerios con oraciones, con llanto, canticos, bailes, comidas y otras
costumbres que solo su familia y su
comunidad lo disfrutaron en vida. A media tarde del mismo día, estas almas inician un largo viaje donde
viven permanente, ojala no sea un lugar llamado el olvido, hasta que pueda
retornar el próximo año. Esta es una práctica de la cosmovisión, en el caso
nuestro, andina, que nos hace más humanos, más sensible, nos permite sentir
miedo de lo que significa la muerte y lo que pude acabar en algún momento. En
esta mirada andina la muerte no
termina con fatalidad sino con alegría porque que es un continuo renacer, es
caminar en distintos ciclos, es estar en uno y en múltiples lugares por eso
nuestro respeto e invocación a las almas benditas en momentos difíciles de
nuestras vidas.
En pleno proceso de la globalización,
en plena era la post modernidad, en la profundización de una economía de
mercado o neoliberal esta experiencia sobrevive con mucho vigor, se revive con mucha fuerza, lo
que uno disfruta en estos días al visitar el cementerio, esta es cultura viva
que vale la pena ir su reencuentro. Recordemos que la cultura es un lugar de
encuentro que permite el diálogo en la diversidad, e un espacio de búsquedas colectivo
de nuevas formas de convivencia. Una cultura viva guía el horizonte del
desarrollo cultural y esta una muestra de como Todos Santos se mantiene como una de las costumbres
que sobrevive frente a un marcado sincretismo cultural, que continúa siendo
practicado y que es transmitido a través de las generaciones.

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