SIN CALLE
Juan Carlos Callacondo Velarde
La
Segunda Sala Penal
para Reos en Cárcel de Lima revocó la orden de detención contra el estudiante
Gastón Mansilla, quien fue encarcelado por disparar y provocar la muerte de un delincuente
que intentó robarle. Esta, es una
evidencia más del vorágine sinuoso
de la violencia callejera que
crece descontroladamente día a día, las cifras policiales nos presenta la
muestra de cómo a diario mueren en las
calles muchas personas abatidas a asalto
a mano a armada, o como víctimas fortuitas de un cruce de fuego entre policías
y ladrones, o entre delincuentes y asaltados que han aprendido a defenderse por
sí mismos, estas escenas forma parte del duro panorama cotidiano que
ofrecen las arterias de nuestra ciudad.
Las
calles ya no son el lugar donde antiguamente podíamos salir a jugar, conversa, pasear, mirar, fastidiar, piropear y disfrutar de nuestro tiempo de ocio, hoy la
mayor parte de las calles están vigiladas, sembradas y empedradas de delincuentes, policías, guachimanes agentes privados, perros de seguridad, cámaras
de video vigilancia, alarmas o algún otro dispositivo que mejore nuestra
percepción subjetiva de seguridad, hasta
diríamos que nuestra calles son el marco de la escenificación del mal -un mal
no metafísico, sino delictivo, craso y demoledor- ¿quién se atreve hoy que sus hijos estén solos
en la calle? De hecho nadie, es difícil, las estadísticas y la experiencia
personal nos muestra que la mayoría de nosotros fue asaltado una o más veces en
al término del año o que haya sido víctima de algún intento de robo, o bien
testigo impotente de un hecho de violencia en plena calle.
Hay
algo profundamente desolador en esta especie de juego -patético- en que
cualquiera es capaz de matar a otra persona para robarle por unos soles, un celular o un par de zapatillas
deportivas de suelas acolchadas, pueda generar tanta violencia. Los móviles, a
primera vista, son irrisorios e irrelevantes por su insalvable trivialidad:
nunca se vieron tan absurdos, banales y patéticos objetos del deseo. A menos
que, como suele ocurrir con escandalosa frecuencia, el motivo del crimen sea el
hambre, y, entonces, ¿a quién atribuir la vergüenza y la culpa? Al hambre y la
pobreza, es cierto, admite algunas subdivisiones: hay hambre tanto de droga
como de pan, lo cual, en el fondo, quizá termine por formar parte del mismo
problema, aun nadie ve el problema de esta manera más integral, por ello
siempre estamos pensando en eliminar la delincuencia con más policías o tiro de
la bala. La calle necesita soluciones más integrales donde por producto de la
educación, la formación de una cultura preventiva, las familias mas
cohesionada, por la práctica del deporte, por la presencia de padres
responsables, de hijos con proyecto de vida disminuyan mas delincuentes,
drogadictos y prostitutas.
La
alternativa no desdeñable, pero prospera es buscar que todos la tengan la
responsabilidad de cuidar la cosas y la vida de sus semejantes y sus prójimos,
eso pasa por asesorar, acompañar, formar psicológicamente a la familia en relación con
los cambios emocionales de los hijos y el rol que la educación tiene en ellos.
Esta es importante atacar directamente
en la mente de las personal, el desarrollo moral e intelectual solo así
realmente diminuiremos la violencia en
las calles.

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