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viernes, 13 de enero de 2012

SIN CALLE


SIN CALLE

Juan Carlos Callacondo Velarde

La Segunda Sala Penal para Reos en Cárcel de Lima revocó la orden de detención contra el estudiante Gastón Mansilla, quien fue encarcelado por disparar y provocar la muerte de un delincuente que intentó robarle. Esta, es una  evidencia más del vorágine sinuoso  de la  violencia callejera que crece descontroladamente día a día, las cifras policiales nos presenta la muestra de cómo a diario mueren  en las calles  muchas personas abatidas a asalto a mano a armada, o como víctimas fortuitas de un cruce de fuego entre policías y ladrones, o entre delincuentes y asaltados que han aprendido a defenderse por sí mismos, estas escenas forma parte del duro panorama cotidiano que ofrecen  las arterias de nuestra ciudad.

Las calles ya no son el lugar donde antiguamente podíamos salir a jugar,  conversa, pasear, mirar, fastidiar, piropear  y disfrutar de nuestro tiempo de ocio, hoy la mayor parte de las calles están vigiladas, sembradas y empedradas  de delincuentes, policías, guachimanes  agentes privados, perros de seguridad, cámaras de video vigilancia, alarmas o algún otro dispositivo que mejore nuestra percepción subjetiva de  seguridad, hasta diríamos que nuestra calles son el marco de la escenificación del mal -un mal no metafísico, sino delictivo, craso y demoledor-  ¿quién se atreve hoy que sus hijos estén solos en la calle? De hecho nadie, es difícil, las estadísticas y la experiencia personal nos muestra que la mayoría de nosotros fue asaltado una o más veces en al término del año o que haya sido víctima de algún intento de robo, o bien testigo impotente de un hecho de violencia en plena calle.
Hay algo profundamente desolador en esta especie de juego -patético- en que cualquiera es capaz de matar a otra persona para robarle  por  unos soles, un celular o un par de zapatillas deportivas de suelas acolchadas, pueda generar tanta violencia. Los móviles, a primera vista, son irrisorios e irrelevantes por su insalvable trivialidad: nunca se vieron tan absurdos, banales y patéticos objetos del deseo. A menos que, como suele ocurrir con escandalosa frecuencia, el motivo del crimen sea el hambre, y, entonces, ¿a quién atribuir la vergüenza y la culpa? Al hambre y la pobreza, es cierto, admite algunas subdivisiones: hay hambre tanto de droga como de pan, lo cual, en el fondo, quizá termine por formar parte del mismo problema, aun nadie ve el problema de esta manera más integral, por ello siempre estamos pensando en eliminar la delincuencia con más policías o tiro de la bala. La calle necesita soluciones más integrales donde por producto de la educación, la formación de una cultura preventiva, las familias mas cohesionada, por la práctica del deporte, por la presencia de padres responsables, de hijos con proyecto de vida disminuyan mas delincuentes, drogadictos y prostitutas.
La alternativa no desdeñable, pero prospera  es buscar que todos la tengan la responsabilidad  de cuidar la cosas  y la vida de sus semejantes y sus prójimos, eso pasa por asesorar, acompañar, formar  psicológicamente a la familia en relación con los cambios emocionales de los hijos y el rol que la educación tiene en ellos. Esta es importante  atacar directamente en la mente de las personal, el desarrollo moral e intelectual solo así realmente diminuiremos  la violencia en las calles.

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